Contaba Damián que gracias a él no fusilaron a quince soldados del bando rojo en la Guerra Civil española.
Me contaba el anciano hombre que cuando tenía siete años su padre lo lleva con él al campo a realizar trabajos de recogida de lechuga, tomate, patatas y zanahorias. Según me explicaba Damián durante unos meses comenzaban a desaparecer gran cantidad de alimentos. Su padre indignado le encargó la labor de poner cepos para atrapar a los conejos que injerían esos alimentos. En cambio a el pequeño Damián le aterrorizaba el atrapar cruelmente a un animal así que decidió vigilar durante toda la noche y en el momento que los conejos se acercaran a comer él los asustaría, así su padre no le obligaría a colocar los cepos para conejos.
Esa noche el pequeño se sentó en la primera roca con apariencia cómoda que vio y decidió esperar. Pero no lo consiguió el pequeño, el sol le dio en los ojos y despertó el chico salva-conejos, se había quedado dormido.
Cuenta también tristemente Damián que su padre al día siguiente al ver que no puso los cepos y esa noche le habían vuelto a saquear, decidió darle una buena tunda, con la correa entre las manos obligó a Damián a posarse sin camiseta apoyado a la pared, donde como si de un látigo se tratase golpeaba su joven espalda, incluso, cuenta Damián, giraba la correa y le golpeaba con la parte de la hebilla de su cinturón.
Damián al ver que al hablar de eso yo me sentía incomodo lo contaba con una sonrisa en la boca y sin dejar de decir: “antes era lo normal joven”. Vaya mierda de normalidad pensaba yo, ya se ejercía en Egipto esa terrible pena y en el siglo XX cuando en otros países empezaba a nacer el capitalismo tal y como lo conocemos hoy en día en España seguíamos dando latigazos. Para mí: ¡impensable!
Volviendo a la aventura del pequeño Damián, esa noche volvió bastante condolido y con el propósito de no dormir. Cuando era media noche escuchó un gran bullicio de gente y por temor se escondió. Desde unos arbustos vio el joven a un grupo de soldados. Explicaba Damián que esos soldados eran del bando nacional, aunque en aquel momento él no lo sabía. Los soldados llenaron sus bolsas con patatas, lechugas, tomates y zanahorias. Vamos, con todo lo que el padre del joven tenía.
Ahí estaba el joven sentado en la incómoda roca con el misterio de los “conejos” resuelto. Decidió el joven utilizar una extraña maniobra para dar un merecido a esos ladrones.
Durante dos días el chico iba promulgando una terrorífica historia donde decía que había observado a un monstruo caminar por el campo la noche anterior, los pueblerinos, inocentes ellos, se tragaron la historia de lleno. Describía Damián al monstruo pequeño de apariencia terrorífica, oscuro, muy peludo y con una horca, decía también el chico que gritaba un sonido onomatopéyico similar al: gruj gruj gruj.
Tras vender la historia y al ver que la gente había transformado a su enano monstruo en un monstruo gigante que escupe, fuego con alas y más negro que el carbón, decidió el joven entonces proceder con su estúpida broma.
Llego al viejo tractor de su padre, del cual se impregno todo lo que pudo en su grasa, se refregó el combustible por la cara y por los brazos de tal forma que parecía que se había bañado en hollín.
El segundo paso fue robar el mantel de la mesa camilla de su abuela la Tía Sebastiana, saldrá esta mujer en más de una de las batallitas, para liarse como si de una momia se tratase.
Tras esto el monstruo en creación fue a esquilar a una de las ovejas que su padrino el Agustino, padre del Currelo. Esquiló a la oveja el monstruito y la lana se la poso sobre la cara, cabeza y la espalda.
Por último el proyecto de monstruo fue a buscar a su amigo Rafaelillo, hermano de mi gran amigo Ginés y sobrino por parte de madre de la incasable Tía Sebastiana, para que le diera la horca que le había encargado.
Con la horca y su extraño atuendo, el que ya podemos llamar monstruo volvió a su roca de aquella noche y esperó que los ladrones llegaran. Pero esa noche los guerrilleros nacionales no vinieron solos, llegaron con un grupo de quince jóvenes del bando rojo con grilletes. Posaron a los hombres en un huerto de olivos, que bíblico todo, y apuntaron hacia ellos. Entonces el joven comenzó a gritar el gruj gruj gruj que había difundido. Los nacionales asustados empezaron a hablar sobre el famoso monstruo que todo el mundo mentaba, mientras el “monstruo” se movía entre los olivos donde de reojo los observaban los nacionales. Huyeron despavoridos los nacionales mientras los milicianos del bando rojo corrían en la otra dirección gritando a los cuatro vientos: “Gracias extraño animal”.
Cuenta Damián que muchos de esos nacionales difundieron la historia en lugares de batalla y los integrantes de un bando como de otro no se atrevían a pisar la zona de esa parte del levante almeriense.
Terminó su batallita Damián. Yo estaba anonadado, no sabía cómo reaccionar, de mi boca no salió ni un simple “¿en serio?” o un “impresionante”. Nada.
Ginés se levantó y me llevó consigo a la puerta del bar donde hizo una larga crítica sobre el no poder fumar en los bares, no paraba de nombrar a Zapatero de una forma no muy amigable. En la puerta sentado en una silla estaba tomando el fresco, como me dijo él, Vicente el Sheriff. Vicente fue jefe de la guardia civil durante cuarenta años, ahora estaba retirado. Su apodo de el Sheriff viene de que una vez tuvo un pequeño papel en una película del oeste rodada en el desierto de Tabernas, como muchos almerienses, realmente el no hacía de sheriff sino que su leve aparición se basaba en conducir un carruaje.
Y allí mientras Ginés se fumaba un cigarro se arrancó Vicente el Sheriff con una nueva batallita, la batallita de cómo casi hizo que Bartolo el cojo sustituyera a un famoso actor americano en el rodaje de un famoso western.
No hay comentarios:
Publicar un comentario