La Taberna del Currelo era un lugar donde solo existía un tipo de clientes: los batallitas. Estos especímenes eran de lo más curioso que mi persona había conocido nunca. Este lugar se situaba en un lugar de Almería de cuyo nombre quiero acordarme pero no lo voy a hacer, era un pequeño pueblo aunque en su enana geografía existían siete bares. Lugares a los cuales los viandantes irrumpían con asiduidad, no olvidemos que somos españoles.
La calle más visitada del minúsculo municipio era la calle Martín Martínez, calle , donde claramente, se situaban todos los bares del municipio almeriense. Al final de la calle Martín Martínez se situaba el bar que fue la esencia del pueblo, esencia que fue desapareciendo con los pubs de jóvenes y bares modernos, la esencia de la Taberna del Currelo.
Aquí el menda, visitó el municipio de los bares con el fin de investigar sobre los especímenes antes nombrados. Trabajaba en la revista de la Universidad de Murcia y de chico me crié en un pueblo cercano. Así que elegí encontrar batallitas e historias de la geografía almeriense preguntando a los mismos habitantes, y, como yo también soy español, decidí ir a preguntar a un bar.
Antes de continuar he de hacer un inciso ,ya que no me he presentado todavía ,para decir que el nombre que me endiñaron la madre que me parió y el padre que ayudo, que también hizo lo suyo el pobre, es Juan Carlos.
Volviendo a mi dura aventura, yo me pose en la pared enfrente del ayuntamiento, como estudiante de ciencias políticas fue lo que me llamó más la atención. No mucho rato tuve que esperar cuando escucho a mis
espaldas:
- - ¡Ostia! El chico de la chumba, el que se fue a estudiar por ahí – todo esto en un perfecto dialecto murciano-almeriense que he decidido traducir.
- - Hombre, Ginés ¿Qué tal?- Dijo nuestro guapo protagonista.
- - Escúchame tu no te puedes ir de aquí sin que yo te invite a una cervecita.
Conseguí infiltrarme en los de su especie.
Ginés era el líder de la manada, el bonachón que conocía a todo el mundo, ya era anciano cuando mi padre era chico. Ginés llevaba una gorra de publicidad del taller de Juanito el Latas, más a delante hablaré de él. Una camisa azul a cuadros era lo que cubría su torso, puesto que estábamos en verano llevaba unos pantalones cortos estilo vaquero. Tenía una cara difícil de olvidar ya que Ginés no tenía una boca tenía una cueva, no tenía unas cejas tenía unos gatos posados, no tenía unos ojos tenía dos focos de camión, no tenía una nariz era el acantilado de la Costa da Morte, no tenía pelo, bueno no tenía pelo no.
Ginés enganchado a mi brazo por su aspecto mucho más malogrado del que yo recordaba, me llevo a su fortín, a su segunda casa, a La Taberna del Currelo.
Cuando entremos el Currelo pregunto por mi y tardó solo diez segundos mi amigo Ginés en explicarle mi procedencia a base de apodos.
El Currelo, no era el típico barman, el Currelo no llevaba nunca camiseta, ni en invierno, su cuerpo era moreno como el de un africano. Se rumoreaba que el Currelo tenía una aventura con la mujer del alcalde Martín Martínez, pero eso no viene a cuento ahora.
El Currelo me invitó a una cerveza cuando me senté al lado de mi amigo Ginés y su compañero de mus Damián, no me apetece describiros a Damián, quizá más adelante. Y Damián empezó con una muestra de lo que yo buscaba, una batallita.

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